febrero 12, 2026
ÁRBOLES FRUTALES Y FLORES CUSTODIAN EL ALMA VERDE DEL CAMPUS ULEAM MANTA
Caminar por el campo matriz de la Uleam, para quien se permite observar con calma, es una experiencia que va más allá del tránsito cotidiano entre aulas y oficinas. Hay un latido verde que acompaña cada paso, una presencia silenciosa que ha estado aquí mucho antes de que habláramos del proyecto de arborización que sumará 500 especies más al campus.

Ellos ya estaban.
El pechiche, discreto y resistente, sosteniendo en sus ramas la memoria de las estaciones. El aguacate, generoso, extendiendo su sombra. El mango, con su copa frondosa y ese aroma dulce que, cuando el fruto madura. La grosella, pequeña y vibrante; la chirimoya, de piel verde y textura rústica; el ovo, redondo y luminoso bajo el sol manabita; la naranja y el limón, perfumando el aire con solo rozar sus hojas.
Pero no solo los frutos cuentan la historia. En el campus también florecen, los guayacanes, en su temporada dorada, transforman paisajes luminosos, mientras otras flores silvestres y ornamentales, aparecen entre jardines y rincones verdes como pinceladas de color. Algunas apenas visibles, otras intensas y abiertas al sol, todas contribuyen a ese equilibrio silencioso que hace de la Uleam un espacio vivo, donde la naturaleza acompaña cada jornada

Han crecido silenciosamente con el paso del tiempo. No pidieron atención ni reconocimientos. Mientras la universidad ampliaba edificios, consolidaba carreras y proyectaba nuevos sueños académicos, ellos hicieron lo suyo: hundir raíces profundas, resistir veranos intensos, florecer cuando llegan las lluvias y ofrecer frutos en el momento oportuno.
A veces caminamos entre ellos al caer la tarde. Cuando el suelo aún guarda el calor del día, pero la sombra de los árboles lo vuelve amable. Las hojas se agitan suavemente, como si susurraran historias que solo se comprenden cuando uno se detiene. Observamos los frutos colgando, algunos verdes y firmes todavía; otros ya maduros, con tonos amarillos, rojizos y anaranjados que anuncian plenitud. Es imposible no sentir gratitud.
Estos árboles son patrimonio natural vivo dentro del campus. No son simples elementos del paisaje ni adornos naturales que pasan desapercibidos. Son testigos del crecimiento institucional y humano. Han acompañado a generaciones de estudiantes que han estudiado bajo su sombra, compartido conversaciones, celebrado logros y encontrado en ellos un breve descanso entre clases.
Y, además, son fuente de alimento.
Sus frutos pueden ser aprovechados por la comunidad universitaria. El mango que cae cuando ya está listo, la naranja que alcanza su color intenso, el aguacate que cede levemente al tacto indicando que ha cumplido su ciclo natural. Pero hay un principio que debemos convertir en cultura: consumir únicamente cuando el fruto haya completado su proceso.
El fruto verde no es promesa cumplida; es proceso en marcha. Arrancarlo antes de tiempo es interrumpir un ciclo que necesita paciencia, sol y lluvia. Cada árbol tiene su ritmo, su calendario invisible; respetarlo es un acto de conciencia.
También lo es cuidar su integridad. No maltratar sus ramas, no desgarrar hojas por descuido, no golpear sus troncos jóvenes. No pisar el suelo que protege sus raíces ni convertir su entorno en depósito de basura.
En palabras del Ing. Yulio Loor, Técnico de la DIOPM:
“Cuidar estos árboles es responsabilidad de todos. Con pequeñas acciones diarias protegemos la biodiversidad, cada árbol fortalece el ecosistema, mejora la calidad del aire y construimos un campus más saludable para las presentes y futuras generaciones”.
Sus palabras no son solo una recomendación técnica; son una invitación ética. Cada árbol protegido mantiene la vida en el campus. Cada sombra conservada, mejora la calidad del aire que respiramos. Cada fruto respetado representa una lección silenciosa de sostenibilidad.

Cuidar estos árboles es también cuidar el futuro. Es comprender que el bienestar colectivo no se construye solo con infraestructura y tecnología, sino también con sombra, oxígeno, biodiversidad y respeto. Es entender que la sostenibilidad no es un discurso, sino una práctica cotidiana que se refleja en cómo caminamos, cómo observamos y cómo actuamos.
Que estos pechiches, mangos, aguacates, grosellas, chirimoyas, ovos, naranjas, limones y otras especies frutales existentes lleguen a su madurez plena depende de nosotros. Que sigan ofreciendo sombra y alimento es una responsabilidad compartida.
Respetarlos es honrar la vida, protegerlos es fortalecer nuestra comunidad, valorarlos es sembrar bienestar. Porque en cada árbol que cuidamos, también estamos cultivando el futuro de nuestra universidad.
J.A.M